martes 5 de febrero de 2008

Sendero de la costa

El Condor
Desde la altura de la pradera
Los tonos del mar azul
La playa más austral del mundo
El paisaje se abrió entre las ramas

Ushuaia, Noviembre 2007
Una mañana comenzamos la larga caminata que nos depararía en la entrada al sendero de la costa. Hay muchos caminos a seguir en Ushuaia, pero éste es el único que te permite bordear parte de la costa del Canal del Beagle.
Como verán el sol nos jugaba a favor, pero el viento frío en contra. Aún así, la caminata no requería de mucho esfuerzo más que andar y contemplar a cada paso. El primer tramo te introducía en un bosque cerrado donde el barro provocado por la lluvia anterior no permitía avanzar recto, pero fomentaba la aventura. Sin saber a donde nos llevaría el destino, continuamos.
Entre ramas, se abrió el paisaje. Una amplia y verde pradera nos esperaba. Corrimos a través de ella hasta llegar a su límite de elevación sobre el nivel del mar. Allí nos quedamos quietos, observando todo lo que nos rodeaba. Respiramos profundamente hasta oxigenar el alma. De repente, el vuelo de un condor concentró nuestra mirada. El despliegue de sus alas lo hacía omnipresente. Solo nosotros irrumpíamos su soledad, pero eramos simplemente espectadores. Continuó su rumbo, y nosotros el nuestro.

Un asado solo necesita de un buen parrillero

La laguna
Junto a mi hermano
Gorka se asoma al fuego sorprendido
El verde contrastante
Los lomitos (hablaba en serio!)
Las cebollas al carbón

Noviembre 10, 2007

Hacia apenas un día que habíamos llegado a Ushuaia, Mariano se había tomado su día libre, y decidimos salir a la ruta. Ya era un poco tarde para cocinar, pero el bosque prometía y compartir después de tanto tiempo un asado con mi hermano aún más. Llegamos a una pequeña laguna que honestamente no recuerdo el nombre. La rodeaban restos de castoreras, montañas de picos nevados, árboles altos, troncos secos y mucho verde contrastante. El cielo amenazaba lluvia, pero no nublaba nuestra sensación de día soleado. Ahí estábamos los cuatro, juntando ramas, frotándonos las manos, avivando el fuego, calentándonos con un vino tinto, disfrutando.
Las gotas no tardaron en caer, pero insisto: le daban más sabor al asado. Después de unos sandwiches de lomito con cebollas al carbón y una sobremesa al pie del fuego, emprendimos la ruta nuevamente, sin rumbo por ahora, pero se los cuento al rato...