domingo 15 de junio de 2008

Montaña humeante

Los indios tehuelches identificaron a esta montaña con el nombre de Chaltén, que en su lengua significa "Montaña que echa humo". Y así es como este pequeño poblado de 400 habitantes se empezó a llamar de esta manera.

Las comunidades que nos antecedieron eran más simples, llanas y concretas. Si lo que resalta en un paisaje es una montaña que parece echar humo, así de sencillo bautizaremos al lugar.

Y así es. El Chaltén es un valle pequeño rodeado de ondulaciones montañosas y picos góticos dentro de los que destaca el pico al que debe su nombre. Y no es un volcán, pero si lo parece y la imaginación es mas placentera que la realidad. Desde lo lejos de la ruta se ve, imponente, esta montaña con su pico rodeado de la aureola de un ángel. Es un aro de nubes que constantemente protege el entorno de su pico afilado.
Es una imagen auténtica y perseverante.
El Fitz Roy es el afán de los andinistas. Los demás picos que la acompañan llevan el nombre de los andinistas que los conquistaron, entre ellos, Saint Exupery.
El pueblo del Chaltén tiene un nuevo slogan: "La Capital nacional del trekking". Suena exuberante, pero no está tan errado. El Chaltén es para caminar y caminar y aventurarse entre sus cordones cordilleranos y encontrar los tesoros que resguardan.
Entre las alturas de sus paisajes montañosos, hay glaciares y hay lagunas y lagos, hay cascadas y chorrillos, árboles y arbustos.
Es increible como la naturaleza distribuyó de manera armoniosa su paisaje.



Llegamos al Chaltén en un road trip de un día. Alquilamos un auto en Calafate y a la hora de la siesta, salimos a la ruta. Doscientos veinte km aproximadamente te deparan de recorrido. La ruta, ya vieron, es desolada. La estepa infinita te sigue a ambos lados. Tal vez un animal se cruza en el camino. Es un paseo de lo más agradable. Disfrutar de un camino es incomparable. Y te dan ganas que sigan los kilómetros y nunca parar.
Nos dimos cuenta que estábamos llegando cuando a lo lejos se apreciaba la montaña humeante. Había oído del Fitz Roy, pero hasta que lo vi me di cuenta de su belleza. El Chaltén empezaba a cautivarme. A nuestra izquierda, la estepa había cambiado por lago de deshielo, una nueva lengua congelada se asomaba entre las montañas. Otra vez glaciar!!! No lo podíamos creer. Esta vez se trataba del Glaciar Viedma y su respectivo lago. Dicen que es el segundo más grande de todos. Ahí reaccioné: aún estábamos dentro del Parque Nacional de los Glaciares. Y paso a presumirles que aquel tiene 724.000 hectareas de superficie cuyo 30% es hielo.
Llegamos a las cinco de la tarde. Subimos al mirador de los cóndores aunque no tuvimos mucha suerte de encontrarnos con alguno. No obstante valió la pena, vean abajo.

Al compás del amanecer, despertamos en el auto dentro de un campamento libre rutero. Ilusionados con presenciar una imagen bastante única del Fitz Roy, nos abrigamos bien y salimos a verlo. Pero había amanecido algo nublado como suele suceder la mayoría de los días del año. Pero quiero volver por ese tesoro. Si tenés suerte y amanece despejado, podrás ver el Fitz Roy pintado de rojo fuego. ¿No volverías las veces necesarias hasta poder verlo? Yo si.

El Chaltén es para quedarse un buen rato. Cargar mochila de trekkinero y carpa, y empezar a andar y andar, y acampar en la mitad de la montaña en algún refugio. Y así ir encontrando los diversos paisajes que en la cordillera del Chaltén te espera. Yo apenas vi un poco, pero fue suficiente para creer y añorar lo que aún no pude ver.

Calafate

El Calafate es ... lo que abajo ven.
Una tierra solitaria con paisajes vírgenes y conmovedores.
La primera postal que les muestro es la imagen más preciosa de todo Calafate. Ese lago color caribeño y frío antártico, te acompaña durante todo el camino que recorre este territorio.
Alejándose del poblado, la soledad de los caminos te acompaña armoniosamente. La ruta es un placer para acompañar con mate y folklore. No hay apuro, no hay nadie.
Tarde o temprano, se llega al Chaltén, o al Perito Moreno, o a una estancia perdida en la estepa. Quien sabe.
Y el camino sigue siendo un diario de viaje.
Agua de glaciar
En la soledad de la Patagonia
Contando ovejas
Pura lana
Llama?...qué?


Ronrroneando amistad

GLACIAR PERITO MORENO



Entramos con el auto al Parque Nacional de los Glaciares. El camino es largo y serpentea. A un lado, la vegetación arisca propia de una zona fría, y la flor de calafate que hace honor a la ciudad, empezaba a mostrarse orgullosa. Al otro lado, el lago celeste hielo.


Perseguíamos la meta, pero parecía cada vez más lejana. De repente, una lengua de hielo blanco, sólido, opaco, espeso, se impuso a nuestra vista. Me preguntaba si todos estaban viendo lo mismo que yo. Allí me di cuenta que no sabía realmente a lo que iba. Es emotivo cuando te sorprende la sorpresa. Ansiedad corría por dentro nuestro. Yo quería salir corriendo hasta alcanzar el glaciar.


Y el Glaciar era mucho más aún. Caminamos por el sendero de madera que te acerca poco a conocerlo de diversas perspectivas y cada una de ellas era más maravillosa.


El Glaciar Perito Moreno es impresionante. Recuerdo ese momento y siento esa vibración por dentro.


Contemplarlo en silencio es la clave. Los sonidos naturales que emana son su voz, su grito, su expresión. Me quería quedar horas y horas, sentada frente a él, esperando que me sorprendieran sus rompimientos, sus crujidos, sus estallidos, y su serenidad gigante.


Intentar ver más allá es infinito. Hay más y mucho más hielo graciar.


Sus tonos azules más claros y más oscuros, intensos y profundos, sumergen la mirada curiosa de aceptar que el hielo no es completamente blanco. Y allí conocés entonces su energía almacenada por añares. Y entendés por qué el color del lago.


Hay que verlo, contemplarlo y admirarlo. Es una de nuestras grandes riquezas naturales y es preciosa. Allí está nuestra bandera. Hay que ayudar a protegerla.




Nostalgia de domingo

Recuerdo un día domingo a lo criollo: café con leche y medialunas. Asadito al mediodía. Churros bañados en chocolate por la tarde, ronda de mate a su lado. Pero el mate lo dejo para un próximo relato.

Tarde de domingo, nostalgia de reunión familiar, un telefonazo con algún amigo de espontaneas reflexiones domingueras.

A la distancia, las comidas toman mayor sabor. A cada hora se recuerdan con más precisión.

El café con leche y medialunas de grasa en una mañana sin apuro, comentando el clima matutino o algún suceso del diario o qué soñamos la noche pasada. Alguien sugiere el mate y entonces mezclamos café, leche y mate. Y el mate es el que perdura hasta llegar al asado, anhelado asado.

Y no quedan huecos de respiro. Al asado lo precede el mate una vez más y le acompañan los churros con chocolate (y ojalá rellenos de dulce de leche). Y el día sigue rodando, y la digestión va de la mano de la charla de sobremesa.

Qué buen momento, no?



Buen provecho! Y...¡Un aplauso para el asador!